27/10/08

Apeteciendo transparencia

Ya está aquí, ya llegó...


¿Durará?


15/10/08

Agonía

Foto de Wojtek Aleksandrowicz

El cosmopolita cáustico agoniza. Lleva enfermo en realidad todo este año pero es ahora cuando su situación se ha agravado más y más. Sí, sé que han habido agostos, Saulos, oxígenos, rojas, etc, etc, pero eran simples parches que tapaban lo obvio. Desconozco si esta situación será definitiva, si morirá finalmente (casi en soledad, tal y como ha vivido este tiempo) o si por el contrario revivirá milagrosamente. Desconozco si las causas que han provocado su lento (e inexorable) declive se mantendrán en el tiempo o si desaparecerán en silencio, como llegaron. No sé casi nada del pasado así que es difícil para mí predecir el futuro, bueno, predecirlo es sencillo, lo complicado es acertar la predicción.

El cosmopolita cáustico se muere. Quizá no sea inmediato pero se me antoja inevitable, aunque el tiempo lo dirá (siempre lo dice todo). Han sido casi tres años de placer, de leer y ser leído, de comentar y ser comentado. Han sido casi tres años de conocer escritores y personas, o mejor, personas y escritores. El camino ha sido largo pero se ha recorrido con gusto, toda vez que las posadas que lo jalonaban justificaban el trayecto en sí. Siempre se dice que lo importante no es la meta sino el recorrido y desde luego en este caso ha sido cierto. Tampoco al iniciarlo había una meta, por lo que no lo sumaré a la lista de fracasos, aunque tampoco a la de éxitos.

Huelga decir que Avatar goza de una salud espléndida, no se acaban las letras, no muere nada en realidad más que cierta forma de envolver las ideas. Habrá, imagino, nuevas envolturas, otros sitios, más puntos de encuentro. Serán anunciados por si los viejos y los nuevos queréis que nos veamos de nuevo por esos lares.

Ha sido un placer existir y que esto no suene a despedida porque no tiene que serlo. Como siempre, en absoluto.

Vuestro.

22/8/08

Agosto III

Foto de Andreas Walther
Agosto se acaba por fin y ya parece que llega septiembre, se modera el calor (aunque siga sudando) y Madrid sigue vacío a pesar de la crisis: hay cosas desde luego irrenunciables, vacaciones, cañas, tapas, quejas... Todo parece más blanco, saturado en blanco realmente. La luz no ha cambiado, el aire asfixiante tampoco.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos de comida preparada, de anuncios que venden “salud” disfrazada de Omega 3 y colesterol bueno, de lenguaje degradado hasta extremos de náusea constante y de pérdida del escaso pudor que nos quedaba. Visita una playa, a poder ser levantina, de esas de mar de mentira y arena y agua calientes, de las de chiringuito y fritanga, paletos y guiris naranjas. Verás como paso a paso, poco a poco se ha ido perdiendo la vergüenza, la que antaño impedía ponerse bikini o hacer topless a las mayores de sesenta, la que (con la salvedad de aquellos meybas absurdos) impedía a los gordos y a los fofos (que no siempre es lo mismo) plantarse grotescos bañadores de lycra ajustada. Ya no queda nada de aquel recato que dejaba el más absoluto de los ridículos para la intimidad de paredes adentro, no queda nada en las lenguas ni en los cuerpos de las personas.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos de políticos lamentables en todas las facciones, de periodistas a las que deberían quitarles el título si lo tienen, tiempos de radiofórmula y de libros sin ningún sentido (nunca antes se habían publicado tantos títulos de usar y tirar, tanto compendio de anécdotas, tanta pérdida de tiempo en forma de panfleto firmado por el famosete de turno y seguramente malescrito por algún talentoso mercenario de las letras que por otro lado jamás verá publicada su propia obra, sin duda de mayor calidad). Mientras tanto, el “público objetivo”, o sea todos, que nunca había estado tan más allá de la alienación tremenda, se conforma con cualquier cosa, con veranear en Marina-D’Or-ciudad-de-vacaciones-vacaciones-todo-el-año, con consumir y consumir, con pensar lo menos posible.

Pero agosto se acaba y con él una parte de toda la mierda que llevan dos meses vomitando por la pequeña pantalla, inmundicias que serán convenientemente sustituidas por basura nueva, así como los becarios serán reemplazados por las grandes estrellas catódicas de nuevo. Agosto se termina y con el calor se irán los cuerpos medio desnudos de toda índole y tendremos que mirar de nuevo el interior. Se irá la luz blanca cegadora, se irán el sudor y los huecos para aparcar. Agosto finaliza en breve y confío en que regrese parte de la cordura perdida aunque dudo que sea en septiembre.

8/8/08

Agosto II

Foto de Niko Guido
La piscina está llena de gente, los niños corren y cazan insectos y otros bichos; alardean de grandes capturas, arañas del tamaño de sus manos, avispas, escorpiones… Sus madres les esperan despreocupadas, hablando entre ellas de gilipolleces varias, mientras fuman como carreteros y escupen tacos que luego les sorprenderán en la boca de sus hijos, preciosos niños buenos. El agua de la piscina está caliente como el asfalto y tiene un color parecido, jóvenes retozan en el césped-barro de forma más o menos disimulada, otros leen libros de verano, insípidos como sus vidas. Hay un tipo que se dice socorrista dormitando con los ojos abiertos y expresión ausente a la sombra de una sombrilla publicitaria: algunos esperamos sinceramente que no haya emergencias acuáticas, no tiene pinta de ir a ponerles solución. El verano es así en algunos barrios y en algunos pueblos, en aquellos dónde existen piscinas comunitarias y rotondas llenas de flores de pega plantadas por el ayuntamiento y agonizantes desde diez minutos después de ser colocadas. Pero bueno, contarán como zonas verdes, supongo.

Vacaciones. Vacaciones de la rutina laboral pero sólo de ella, lo del descanso es otro tema. Ratos de piscina para refrescar no se sabe muy bien el qué, lecturas y películas postergadas, sueños cortos por el calor, sudores a todas horas… Bendito verano, dicen algunos. Amigas más bien desconocidas que vuelven y traen letras con ellas, ruido y ventiladores, aires acondicionados, tráfico escaso, autobuses y coches, viajes y playa repleta. Arena y sol, siestas. Rubella por fin a mi lado tras días sin vernos que parecen meses. Sigue roja pero está distinta, no sé muy bien de qué modo. Bendito verano, sí.

Los niños propios esperan diversión, actividad y juegos con las olas, castillos de arena y cangrejos en las rocas, natación y buceo: agotador aunque maravillosamente agotador. Terminará el verano y empezarán trabajos y colegios, volverá la rutina que decía antes y entonces echaré de menos algunos ratos, las peleas de mentira, los besos espontáneos, las cosquillas… no el calor, claro, a ese viejo cabrón no lo echaré de menos.

6/8/08

Agosto

Foto de Ivar Langeland
Y llegará noviembre, supongo, y el calor éste que atenaza, que quita las ganas de casi todo, desaparecerá. Dejaremos de sufrir estrés térmico (nuevo y estúpido eufemismo para no tener que decir que hace un calor de cojones) y por lo menos algunos nos sentiremos mejor. Habrá quien prefiera el verano abrasador éste, que derrite asfaltos y neuronas –si quedan sanas- al crudo invierno, pero, qué queréis que os diga, con el frío te abrigas y punto, llega un momento en que dejas de tenerlo pero con el calor... Creedme, he visto gente por la calle arrancándose la piel a tiras para aumentar su desnudez y refrescarse, cualquiera ha sentido como te despellejas, voluntariamente o no, después de quemarte con el sol, pero ni por esas. El calor no tiene solución, ni aires acondicionados (gran invento que aumenta la temperatura en la calle con la excusa de congelar usuarios, debe ser cosa de la termodinámica), ni remojos en el caldo en que se han convertido las piscinas ni nada de nada. Sólo queda esperar o emigrar más al norte.

Vendrá el anunciado cambio climático (el que se anunciaba como consecuencia de aquí a cincuenta o cien años y al que cada día se hace responsable de excepciones históricas como que haga calor en verano, frío en invierno y alternancia de sequías e inundaciones, vamos, algo que hasta que llegó el dichoso cambio no había pasado en estas tierras nunca) y nos joderá vivos. El apocalipsis ya está aquí amiguitos, no hay que esperar a fluctuaciones del clima, ni a tsunamis asesinos ni a venganzas divinas. El apocalipsis ya ha llegado y se llama televisión veraniega. Arrasa con todo y con todos, no es fácil detenerla y aunque el fabricante te dora la píldora con mandos a distancia cada vez más sofisticados y botones on-off , es todo una vil mentira. Queda desenchufarla y luego desenchufar a los vecinos también pero entonces tendríamos que charlar con la familia (descartado el leer un libro) y esa no es más que otra forma de destrucción masiva y rápida.

Vendrán nuevos días y se me olvidará que alguna vez escribí esto, vendrán otoños e inviernos, vendrán compañías y se me olvidaran tantas cosas (es la ventaja, alguna había de tener, de disfrutar la escasa memoria que me vino con el resto del lote) que nada de lo anterior tendrá ningún sentido. Vendrán más libros y más canciones, vendrán más conversaciones con y sin cerveza y vendrán fuerzas –espero. Hoy no me apetece demasiado ni una cosa ni las otras y será hartazgo o será lo que sea pero pronto dejará de tener importancia. Vendrán, vendrán, o no y actuaremos en consecuencia. Mientras tanto, seguiremos tratando de sobrevivir a los treinta y muchos grados a la sombra y hablaremos con nosotros mismos.

22/7/08

Paseo

Foto de Michael GoeseleTodas las mañanas, en diferentes horarios pero con sorprendente puntualidad a pesar de todo, pasa por delante de la puerta de la empresa en la que trabajo un grupo de chicos y chicas, señores y señoras y cuidadoras (lo siento, no pasan cuidadores, perdonéseme el talante). Todas las mañanas, con puntualidad británica, oigo sus pasos desde mi mesa y todas las mañanas bajo a fumarme un cigarrillo procurando coincidir con el paseo.

Saludo y me saludan , todas las mañanas, los chicos y las chicas, los señores y las señoras, todos sin excepción. No así las cuidadoras, que continúan andando sin ni siquiera girar la cabeza. Hay mañanas en las que mi humor - normalmente es serio, casi adusto – no está para demasiadas alegrías, ni siquiera para cortesías, pero aún así me esfuerzo en saludar y en sonreír pues ellos y ellas siempre sonríen, cada mañana, sea cual sea su humor, haga calor o haga frío, llueva o truene. Si hay paseo, hay sonrisas, siempre.

Todas las mañanas, o casi todas, hay más gente en la calle además de mí y de los paseantes y todas las mañanas o casi todas alguien dedica una parte de su infinito desprecio a hacer lo propio con nuestros saludos y sonrisas. A veces, algunas mañanas por lo tanto, he estado tentado de contestar dicha burla pero siempre he terminado dejándolo estar, toda vez que ni la cantidad ni el tamaño de las sonrisas de los caminantes menguaban o disminuían.

Sé o creo saber la razón de la reacción de una gran parte de esa otra gente y casi me atrevería a decir que sé lo que piensan cuando los ven: piensan que son un grupo de imbéciles, retrasados, subnormales, mongólicos, monguis, tupis o cualquier otro epíteto que supongo variará de una mente a otra pero que en el fondo significará lo mismo. Yo creo que piensan eso porque se dan cuenta de que son felices y ellos con toda su (en su criterio) enorme inteligencia se saben incapaces de algo tan sencillo, tan simple, tan imbécil, tan retrasado, tan subnormal, tan mongólico, tan mongui, tan tupi, como ser capaces de sonreír cada día, cada mañana, sea cual sea su humor, haga calor o haga frío, llueva o truene. Tan imbécil y tan maravilloso. Tan envidiable.

30/6/08

Seguridad

Foto de Ioana Petcu

- Tengo que decirte algo.
- El qué.
- Te mueres.
- Ya lo sé.
- ¿Lo sabes? ¿Cómo que lo sabes? Hace cuánto…
- Hace mucho tiempo. Hace años que lo sé. Casi desde que tengo uso de razón. Sé que desde que nací estoy muriendo, poco a poco o más rápidamente, imperceptiblemente o de una forma evidente, poco importa. Cada día que pasa es un día menos mucho más que otro día más.
- Ya. Pero es que ahora es inminente.
- ¿Y qué importa eso? ¿En qué cambia las cosas?

Apagué la tele y me fui a la cama. Tenía en el paladar un regusto amargo, una sensación de tener que haberle dicho algo a algunas personas, quizá para prepararlas, quizá solo para prevenirlas, tal vez únicamente para definir el terreno en el que moverse, el día a día, la noche a noche. Tenía la seguridad de haber estado ocultando (ocultándome) lo más importante durante demasiado tiempo.

7/5/08

Olvido

Foto de Barbara ColeMe da miedo perder la memoria. No tanto la memoria de lo sucedido como de las cosas que a la postre son verdaderamente significativas. Olvidar los sucesos de la infancia, las risas, los juegos, incluso aquellos amigos que creías que serían para siempre no tiene mucha importancia: ni los amigos fueron eternos, ni los juegos ni las risas eran realmente esenciales e insustituibles. Olvidar primeros sexos, amores juveniles, frustraciones y demás, tampoco me preocupa. Me quita el sueño olvidar el lenguaje.

Postrada en esta cama de hierro, en la habitación que me han asignado, no tengo más compañía que yo misma. Pronto comprendí que si algún día conseguía salir de aquí, éste estaba más lejos que cerca, así que decidí esforzarme en lo más importante, en lo que estaba segura de querer mantener cuando llegara el ansiado día. Comencé a eliminar lo que me parecía superfluo, pero según fueron transcurriendo los meses y los años se fue modificando mi criterio inicial de lo que era necesario o no, fue variando mi percepción de lo esencial. Tras dejar atrás lo sobrante, todo lo que creo que no echaré en falta después o al menos lo que no me parece prioritario, es en no perder el lenguaje donde concentro ahora toda mi atención.

Tres por tres por dos. O sea nueve metros cuadrados o dieciocho cúbicos. Paredes gris cemento y un ventanuco diminuto cerca del techo que me permite saber poco más que si es de día o de noche. Una cama de hierro, de colchón duro y almohada ausente. Sábanas que cambian cada semana y fluorescentes en el techo como único adorno. Una especie de gatera en la parte más baja de la puerta sellada por la que se produce mi único intercambio con el exterior: bandejas de comida y bacinilla limpia entran tres veces al día y salen utilizadas otras tantas. No hay más contacto, no hay más canjes, no hay ni una palabra, ni una mirada, ni nada que me haga suponer que hay personas detrás del hormigón.

Voy olvidando palabras, vocablos, expresiones. Voy olvidando formas de expresión, cada día más inútiles. No tiene el menor sentido mantener la mente ocupada en conceptos que no se usan, para qué recordar cómo se dice tal o cual color si ya no hay colores, para que emplear tiempo y neuronas en adverbios, en formas verbales, en sintaxis, si no hay oportunidad de comunicarse con nadie, con nada. La mente solo dedicada a la supervivencia diaria, animal, primitiva y primigenia. No hay lugar para filosofías ni para nada que no sea conseguir despertar cuando el sueño te ha vencido.

Al principio, cuando aún tenía esperanza de ver el final del encierro, de volver a sentir el calor del sol en la piel, de empaparme bajo la lluvia, de esponjarme los labios con nuevos y viejos besos, de simple y llanamente intercambiar palabras, frases, pensamientos, me esforzaba en hallar una forma de escapar. Hoy sé que no es posible, aquí estoy y aquí terminaré, pronto si encuentro la manera, tarde –demasiado tarde- si no me queda más remedio.

Voy olvidando descripciones, recuerdos, no tanto lo que son sino cómo transmitirlos. Siento lo que siento, lo que he sentido siempre, por desgracia no he sabido hacerme bastante inmune, pero hoy ya no sabría decirlo de forma exacta, ni siquiera vagamente comprensible. Es más un anquilosamiento, un entumecimiento, que un olvido real, pero poco más da, no habrá a quien relatarlo, no habrá dónde, no habrá cuándo. No habrá nada que contar en realidad, tiempo plano, raso, sin altibajos, animal, primitivo y primigenio, como dije antes. Se me hace eterno.

Espero no perder lo esencial, espero poder morir recordando al menos la manera de describir lo que sienta, aún someramente, pero si me visto de sinceridad conmigo misma pierdo las certezas. No creo en más allás, no creo en nada que pueda venir después, pacté hace tiempo con mi dios que cuando acabe se acabe sin porvenires. No por desesperanza, no por miedo al dolor: no temo la muerte, la deseo, la quiero ya, la necesito. Prefiero pensar que después no habrá después, no se prolongará mi agonía, no habrá más vida. Prefiero pensarlo aunque no esté segura, de nada estoy ya convencida.

Espero no olvidarme de nada aunque es mucho lo olvidado ya, lo descartado. Todavía tengo en la piel y en el alma tu tacto, todavía veo con los ojos cerrados tu cara durmiente, todavía si me esfuerzo vuelvo y soy capaz de repetir mentalmente lo que me queda de ti. Aunque se difumina, se mezcla, se convierte en una almazuela de sensaciones que ya no sé si fueron o son solo por mi evocación, cada vez más vaga. Igual que sucede con los recuerdos infantiles que son siempre un collage de recuerdo real con reminiscencias de haberlo oído contar y la fantasía propia de la memoria lejana que acumula irrealidad en sí misma, así es lo que me viene a la mente de ti y no me importa en realidad, no voy nunca a confirmarlo, de modo que me queda la sonrisa por el pasado y poco importa lo cierto que sea.

Pero mis días no se acaban solo por desear que así sea y ya estoy harta. A veces pienso que la solución, a falta de algo más rápido, es rechazar todo alimento, dejar de beber (se muere mucho antes de sed que de hambre, aunque ambas formas sean horriblemente dolorosas). Tiene que haber otra manera. Me siento en la cama y me devano los sesos. Otra vez. De repente doy con la solución, la final, la que me arrancará de aquí, de esto, para siempre. Con tu recuerdo que ya es mi único refugio en cada poro. Levanto la cama despacio, pesa lo suficiente o al menos confío en eso. Me tumbo en el suelo, boca arriba, junto a las patas traseras del catre. Poco a poco, centímetro a centímetro voy alzando la cama mientras me arrastro hasta situar la cabeza justo bajo la pata derecha. Pienso en tu mirada, en tus palabras, en tu cariño. Espero que estés bien y que hayas dejado ya de buscarme, que hayas rehecho y te hayas rehecho. Tengo la frente bajo el soporte de la cama. Estiro los brazos cuanto puedo, tengo que elevar la cama lo máximo posible. No habrá segundas oportunidades. Empujo hacia arriba con fuerza y la dejo caer. Oigo un ruido extraño, como cuando pisas una fruta caída de un árbol. La sangre se desliza por el suelo alimentando un charco cada vez más grande, como jugo de fruta. Con el zumo van fluyendo palabras, colores, nombres de olores, que abandonan mi cuerpo lentamente, se mezclan y dispersan. Después más palabras, más verbos, más conceptos. Frases enteras, recuerdos –siempre los recuerdos-, vivencias. Lo último que me abandona es tu nombre, ese que tantas veces susurré de madrugada. Tu nombre como resumen imperfecto de ti, de tu cara, de tu cuerpo, de tu alma… Al final también escapa y se lleva todo hálito de vida, lo poco o lo mucho que quedara.

5/5/08

Saulo

Foto de Avatar

Lo miro y se me olvida respirar. Miro y veo fragilidad, se desbordan sentimientos, rebosan sensaciones. Se me va el santo al cielo, pasan segundos como días, minutos como meses. Me voy a algún sitio lejano, mentalmente, y me cuesta volver, ocupado como estoy sólo en notar su calor, en notar su respiración, cada aliento. Cuento dedos, uñas, manos, pies. Cuento ojos, orejas, cuento todo. Cuento y respiro, al fin respiro.

Lo miro y se me olvida respirar. Miro y veo dulzura, veo suavidad, la piel es increíblemente suave, veo fortaleza no obstante, veo fuerza, veo determinación. Pienso en cada momento anticipado y se me borra todo al cogerlo en brazos, desearía hacer tábula rasa de todo lo anterior, empezar de cero para sentirlo todo. Borrar el tiempo, recrearme, poder recuperar a voluntad todo esto, ser capaz de revivirlo cuando quisiera. Parar el reloj, que no pase ni un minuto más sin recordarlo todo, sin desearlo de nuevo. El mundo se ralentiza, se detiene, cesa en su girar. Espacio y tiempo, tiempo y espacio son lo mismo en cada célula, en cada pensamiento, en cada movimiento.

Lo miro y no me apetece respirar. Temo perderme algo, tengo miedo de que si dedico algún tiempo, por escaso –casi nulo, inmedible- que este sea, me pierda algo irrecuperable, algo que no se volverá a repetir, un diminuto cambio, un pequeñísimo gesto, una mirada (la primera, la segunda, la que será clave de algo o la que por el contrario se repita pero de otro modo, con otro matiz, con diferencias casi imperceptibles pero importantísimas), un tic acaso. Tengo miedo de no estar ahí al cien por cien a pesar de tener la absoluta seguridad de que después, demasiado pronto, no voy a acordarme de nada, nada habrá detrás, obnubilado por lo de delante.

Lo miro y no me apetece respirar. No quiero hacerlo, únicamente quiero sentir el calor al cogerlo en brazos, abandonado en mis manos. Quiero ser derribado de todos los caballos, caer de nuevo. Saulo no se desplomó, no lo hace hoy, deslumbrado por la luz. Es la luz. Es el cosmos, no da sentido, es el sentido. Como lo fueron, como lo son, los otros, como lo son todos.
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A Pablo, que es y será.

10/4/08

Lullaby

Foto de Fernanda VerónDuérmete niño, duérmete ya. Si no lo haces vendrá un guardia civil completamente borracho con un artilugio de esos de soplar en cada mano y te llevará con él. Le tendrás que llamar padre (a la benemérita no le gusta lo de papá) y no volveremos a vernos. Crecerás lejos de aquí y con suerte y un tricornio serás como él, controlarás el tráfico y obligaras a los “malos” a llamarte de usted. Él estará orgulloso y yo moriré de ausencia.

Duérmete niño, duérmete ya. Si no lo haces, pronto, mañana no habrá desayuno, ni comida ni cena. No hay raciones para niños desobedientes, solo los nenes buenos, los que tienen las manos limpias (todos los niños las tienen, siempre, pero los adultos no sabemos verlo, hace demasiado tiempo desde la última vez que nos las lavamos y hoy nos siguen chorreando maldades pasadas y presentes), los que hacen caso a los mayores tienen derecho a recibir algo a cambio, aunque solo sea desprecio.

Duérmete niño, duérmete ya. Ya es tarde. Las brujas, los ogros y los señores del saco están acosando a otros críos, no hay para todos. Overbooking lo llaman, a esto también. No te asustaré con ellos, no es necesario. Tienes bastante con lo que tienes alrededor, cada día, cada noche, cada segundo.

Duérmete niño, duérmete ya. Duérmete de una puta vez. Si tengo que volver a venir a cantarte esta preciosa nana no sé si sabré contenerme. Tal vez se me vaya una mano o las dos o los dientes. Tal vez golpee, arañe, muerda, torture. Tal vez haga cosas de las que después me arrepentiré pero de las que siempre te acordarás más tú que yo. Tal vez termine todo así. Y no creo que tú quieras eso.