Me da miedo perder la memoria. No tanto la memoria de lo sucedido como de las cosas que a la postre son verdaderamente significativas. Olvidar los sucesos de la infancia, las risas, los juegos, incluso aquellos amigos que creías que serían para siempre no tiene mucha importancia: ni los amigos fueron eternos, ni los juegos ni las risas eran realmente esenciales e insustituibles. Olvidar primeros sexos, amores juveniles, frustraciones y demás, tampoco me preocupa. Me quita el sueño olvidar el lenguaje.
Postrada en esta cama de hierro, en la habitación que me han asignado, no tengo más compañía que yo misma. Pronto comprendí que si algún día conseguía salir de aquí, éste estaba más lejos que cerca, así que decidí esforzarme en lo más importante, en lo que estaba segura de querer mantener cuando llegara el ansiado día. Comencé a eliminar lo que me parecía superfluo, pero según fueron transcurriendo los meses y los años se fue modificando mi criterio inicial de lo que era necesario o no, fue variando mi percepción de lo esencial. Tras dejar atrás lo sobrante, todo lo que creo que no echaré en falta después o al menos lo que no me parece prioritario, es en no perder el lenguaje donde concentro ahora toda mi atención.
Tres por tres por dos. O sea nueve metros cuadrados o dieciocho cúbicos. Paredes gris cemento y un ventanuco diminuto cerca del techo que me permite saber poco más que si es de día o de noche. Una cama de hierro, de colchón duro y almohada ausente. Sábanas que cambian cada semana y fluorescentes en el techo como único adorno. Una especie de gatera en la parte más baja de la puerta sellada por la que se produce mi único intercambio con el exterior: bandejas de comida y bacinilla limpia entran tres veces al día y salen utilizadas otras tantas. No hay más contacto, no hay más canjes, no hay ni una palabra, ni una mirada, ni nada que me haga suponer que hay personas detrás del hormigón.
Voy olvidando palabras, vocablos, expresiones. Voy olvidando formas de expresión, cada día más inútiles. No tiene el menor sentido mantener la mente ocupada en conceptos que no se usan, para qué recordar cómo se dice tal o cual color si ya no hay colores, para que emplear tiempo y neuronas en adverbios, en formas verbales, en sintaxis, si no hay oportunidad de comunicarse con nadie, con nada. La mente solo dedicada a la supervivencia diaria, animal, primitiva y primigenia. No hay lugar para filosofías ni para nada que no sea conseguir despertar cuando el sueño te ha vencido.
Al principio, cuando aún tenía esperanza de ver el final del encierro, de volver a sentir el calor del sol en la piel, de empaparme bajo la lluvia, de esponjarme los labios con nuevos y viejos besos, de simple y llanamente intercambiar palabras, frases, pensamientos, me esforzaba en hallar una forma de escapar. Hoy sé que no es posible, aquí estoy y aquí terminaré, pronto si encuentro la manera, tarde –demasiado tarde- si no me queda más remedio.
Voy olvidando descripciones, recuerdos, no tanto lo que son sino cómo transmitirlos. Siento lo que siento, lo que he sentido siempre, por desgracia no he sabido hacerme bastante inmune, pero hoy ya no sabría decirlo de forma exacta, ni siquiera vagamente comprensible. Es más un anquilosamiento, un entumecimiento, que un olvido real, pero poco más da, no habrá a quien relatarlo, no habrá dónde, no habrá cuándo. No habrá nada que contar en realidad, tiempo plano, raso, sin altibajos, animal, primitivo y primigenio, como dije antes. Se me hace eterno.
Espero no perder lo esencial, espero poder morir recordando al menos la manera de describir lo que sienta, aún someramente, pero si me visto de sinceridad conmigo misma pierdo las certezas. No creo en más allás, no creo en nada que pueda venir después, pacté hace tiempo con mi dios que cuando acabe se acabe sin porvenires. No por desesperanza, no por miedo al dolor: no temo la muerte, la deseo, la quiero ya, la necesito. Prefiero pensar que después no habrá después, no se prolongará mi agonía, no habrá más vida. Prefiero pensarlo aunque no esté segura, de nada estoy ya convencida.
Espero no olvidarme de nada aunque es mucho lo olvidado ya, lo descartado. Todavía tengo en la piel y en el alma tu tacto, todavía veo con los ojos cerrados tu cara durmiente, todavía si me esfuerzo vuelvo y soy capaz de repetir mentalmente lo que me queda de ti. Aunque se difumina, se mezcla, se convierte en una almazuela de sensaciones que ya no sé si fueron o son solo por mi evocación, cada vez más vaga. Igual que sucede con los recuerdos infantiles que son siempre un collage de recuerdo real con reminiscencias de haberlo oído contar y la fantasía propia de la memoria lejana que acumula irrealidad en sí misma, así es lo que me viene a la mente de ti y no me importa en realidad, no voy nunca a confirmarlo, de modo que me queda la sonrisa por el pasado y poco importa lo cierto que sea.
Pero mis días no se acaban solo por desear que así sea y ya estoy harta. A veces pienso que la solución, a falta de algo más rápido, es rechazar todo alimento, dejar de beber (se muere mucho antes de sed que de hambre, aunque ambas formas sean horriblemente dolorosas). Tiene que haber otra manera. Me siento en la cama y me devano los sesos. Otra vez. De repente doy con la solución, la final, la que me arrancará de aquí, de esto, para siempre. Con tu recuerdo que ya es mi único refugio en cada poro. Levanto la cama despacio, pesa lo suficiente o al menos confío en eso. Me tumbo en el suelo, boca arriba, junto a las patas traseras del catre. Poco a poco, centímetro a centímetro voy alzando la cama mientras me arrastro hasta situar la cabeza justo bajo la pata derecha. Pienso en tu mirada, en tus palabras, en tu cariño. Espero que estés bien y que hayas dejado ya de buscarme, que hayas rehecho y te hayas rehecho. Tengo la frente bajo el soporte de la cama. Estiro los brazos cuanto puedo, tengo que elevar la cama lo máximo posible. No habrá segundas oportunidades. Empujo hacia arriba con fuerza y la dejo caer. Oigo un ruido extraño, como cuando pisas una fruta caída de un árbol. La sangre se desliza por el suelo alimentando un charco cada vez más grande, como jugo de fruta. Con el zumo van fluyendo palabras, colores, nombres de olores, que abandonan mi cuerpo lentamente, se mezclan y dispersan. Después más palabras, más verbos, más conceptos. Frases enteras, recuerdos –siempre los recuerdos-, vivencias. Lo último que me abandona es tu nombre, ese que tantas veces susurré de madrugada. Tu nombre como resumen imperfecto de ti, de tu cara, de tu cuerpo, de tu alma… Al final también escapa y se lleva todo hálito de vida, lo poco o lo mucho que quedara.
7/05/08
Olvido
Por
AVATAR
a las
11:17
1 comentarios
Etiquetas: Soledades
5/05/08
Saulo
Lo miro y se me olvida respirar. Miro y veo dulzura, veo suavidad, la piel es increíblemente suave, veo fortaleza no obstante, veo fuerza, veo determinación. Pienso en cada momento anticipado y se me borra todo al cogerlo en brazos, desearía hacer tábula rasa de todo lo anterior, empezar de cero para sentirlo todo. Borrar el tiempo, recrearme, poder recuperar a voluntad todo esto, ser capaz de revivirlo cuando quisiera. Parar el reloj, que no pase ni un minuto más sin recordarlo todo, sin desearlo de nuevo. El mundo se ralentiza, se detiene, cesa en su girar. Espacio y tiempo, tiempo y espacio son lo mismo en cada célula, en cada pensamiento, en cada movimiento.
Lo miro y no me apetece respirar. Temo perderme algo, tengo miedo de que si dedico algún tiempo, por escaso –casi nulo, inmedible- que este sea, me pierda algo irrecuperable, algo que no se volverá a repetir, un diminuto cambio, un pequeñísimo gesto, una mirada (la primera, la segunda, la que será clave de algo o la que por el contrario se repita pero de otro modo, con otro matiz, con diferencias casi imperceptibles pero importantísimas), un tic acaso. Tengo miedo de no estar ahí al cien por cien a pesar de tener la absoluta seguridad de que después, demasiado pronto, no voy a acordarme de nada, nada habrá detrás, obnubilado por lo de delante.
Lo miro y no me apetece respirar. No quiero hacerlo, únicamente quiero sentir el calor al cogerlo en brazos, abandonado en mis manos. Quiero ser derribado de todos los caballos, caer de nuevo. Saulo no se desplomó, no lo hace hoy, deslumbrado por la luz. Es la luz. Es el cosmos, no da sentido, es el sentido. Como lo fueron, como lo son, los otros, como lo son todos.
A Pablo, que es y será.
Por
AVATAR
a las
10:58
2
comentarios
Etiquetas: Paradigma
10/04/08
Lullaby
Duérmete niño, duérmete ya. Si no lo haces vendrá un guardia civil completamente borracho con un artilugio de esos de soplar en cada mano y te llevará con él. Le tendrás que llamar padre (a la benemérita no le gusta lo de papá) y no volveremos a vernos. Crecerás lejos de aquí y con suerte y un tricornio serás como él, controlarás el tráfico y obligaras a los “malos” a llamarte de usted. Él estará orgulloso y yo moriré de ausencia.
Duérmete niño, duérmete ya. Si no lo haces, pronto, mañana no habrá desayuno, ni comida ni cena. No hay raciones para niños desobedientes, solo los nenes buenos, los que tienen las manos limpias (todos los niños las tienen, siempre, pero los adultos no sabemos verlo, hace demasiado tiempo desde la última vez que nos las lavamos y hoy nos siguen chorreando maldades pasadas y presentes), los que hacen caso a los mayores tienen derecho a recibir algo a cambio, aunque solo sea desprecio.
Duérmete niño, duérmete ya. Ya es tarde. Las brujas, los ogros y los señores del saco están acosando a otros críos, no hay para todos. Overbooking lo llaman, a esto también. No te asustaré con ellos, no es necesario. Tienes bastante con lo que tienes alrededor, cada día, cada noche, cada segundo.
Duérmete niño, duérmete ya. Duérmete de una puta vez. Si tengo que volver a venir a cantarte esta preciosa nana no sé si sabré contenerme. Tal vez se me vaya una mano o las dos o los dientes. Tal vez golpee, arañe, muerda, torture. Tal vez haga cosas de las que después me arrepentiré pero de las que siempre te acordarás más tú que yo. Tal vez termine todo así. Y no creo que tú quieras eso.
Por
AVATAR
a las
13:59
5
comentarios
Etiquetas: Arquetipos
14/02/08
Marionetas
Cuando salí a la calle no tenía idea de qué me iba a encontrar. Los domingos por la tarde son aburridos por sí mismos y el plan que la ciudad me ofrecía no parecía ir a mejorarlo. Las calles vacías no aportaban nada y la primavera extraña que devoraba rápidamente al invierno tampoco. Tal vez un bar, una copa o dos o siete, un poco de conversación intrascendente y previsible, como preámbulo de algo mejor, me dieran lo que buscaba, aunque ni yo mismo supiera que era.
Una tasca al fondo de la calle, de esas de taburetes tapizados en absurdo eskay, barra cromada cubierta con esa especie de invernaderos para hongos, cuatro mesas cojas de madera y camarero tan aburrido como yo, me pareció un sitio tan bueno como cualquier otro. Al final de la barra un anciano de ojos vidriosos de anís, sabio de lengua trabada y espalda torcida, me preguntó por mi alma:
- ¿Y tu alma?
- La he dejado en casa, no ha querido acompañarme – contesté.
Entre el viejo y la puerta bebía café un payaso de vaqueros lavados, botas camperas y camisa de marca. Un tipo de esos que llaman socio a cualquier hombre, nena a las chicas y jefe al camarero, de los que creen que se inspiran en Clint Eastwood y pretenden parecerse a John Wayne pero en versión castiza. Uno de esos imbéciles que ya no cumplen los cuarenta pero se disfrazan de sus hijos adolescentes porque son modernos. Se rió en voz alta hasta que le hice callar con la mirada. Pedí al camarero de la mirada hastiada y el churrete añejo en el delantal de color indefinible un whisky de malta:
- Un whisky de malta, por favor. El menos malo que tengas.
- Son todos igual de buenos, si quieres te pongo una cerveza, está fría – dijo el camarero con una sonrisa socarrona pintada entre las cicatrices de su cara ajada.
Las dos putas de la mesa del final me miraron a mi y cuchichearon entre ellas: se habían debido dar cuenta de que también yo soy puta, aunque no lleve falda mínima o ajustada y medias de rejilla, aunque no me pinte la cara como si no hubiera más días, aunque no preste tres palabras y un coño amargo a cambio de unas monedas ni aunque no me den dos hostias si no entrego hasta el último céntimo de lo recaudado. Yo soy igual o más puta que ellas porque me rebajo hasta mucho más abajo, chupo y lamo mucho más profundo y entrego mi alma (que al fin y al cabo es mucho más rastrero que ceder el cuerpo) a cambio no solo de algo de dinero sino incluso en ocasiones a cambio de una sonrisa, de una palabra amable o de un abrazo tan poco sincero como los gemidos de placer de ellas. Yo soy tan ramera o más que ellas, porque tampoco he elegido profesión pero me dejo la piel cada día en las uñas de un buen puñado de cabrones con más suerte que nosotros o que han sabido lamer mejor. Ya ni siquiera me molesta: todos nos prostituimos de forma más o menos superficial, todos vendemos órganos, tiempo y vida a cambio de una especie de ideal que compramos por televisión, pero que en el fondo sabemos que no existe en realidad y que sus sucedáneos asequibles no nos van a acercar a esa felicidad prometida. Todos somos putas, todos sin excepción. Ni mejores ni peores. Como no conseguía entender lo que decían, les pregunté que murmuraban:
- ¿Qué secreteáis? No estoy aquí para comprar nada.
- Ni nosotras te lo venderíamos, guapo, no estamos de servicio –respondieron entre divertidas y ofendidas.
En ese momento, en ese preciso instante, entró en el local una chica de unos veintitantos, con los ojos llenos de muchos más años. Pelo largo y moreno, lacio, nariz recta y labios rozando la grosería por lo carnoso. Se sentó en un taburete y pidió un vino. Tinto, con cuerpo, de color picota madura, como todos los tintos con cuerpo y casi ninguna picota madura. Cogió su mochila y sacó una de esas marionetas que se mueven con cuerdas desde arriba. Decadente, oscura, casi siniestra, la hizo saltar y andar por la barra, oler el vino e incluso diría que le preguntó por él. Continuó un rato jugando sin hablar con nadie, ajena a todo. Tenía que hablar con ella, conocerla mejor:
- ¿Te dedicas a los títeres?
- Cuando juego con ellos, yo manejo las cuerdas. Cuando termino, los guardo en su caja y me convierto en lo que verdaderamente soy. Lo que somos todos, lo que nos hace uniformes en el fondo. Lo que quita sentido al amor y al dolor, a la soledad y a la convivencia, a la riqueza y a la pobreza. Lo que hace que verdaderamente tanto tú como yo, el idiota ese y el camarero, el anciano del final de la barra y las dos mujeres de esa mesa seamos iguales.
- ¿Putas?
- No, marionetas.
Por
AVATAR
a las
13:22
13
comentarios
Etiquetas: Soledades
1/02/08
Roja
Rubella es roja y colorea todo lo que acaricia o mira o siente o ve. Es roja, pinta las hayas aún sin ser otoño. Es de un escarlata engañoso, ni tan sangriento como su alma ni tan bermellón como debiera ni tan rosa como su nombre podría indicar. Es de un encarnado variable, a veces roza el burdeos y otras sugiere el naranja. A veces es púrpura, color glándula, a veces en momentos tibios se acerca peligrosa al fucsia.Rubella es roja y convierte en vino el agua y oxida el aire sin preocuparse más de ello. Calentadora nata de sangres ajenas, es tan responsable de iras como de pasiones, las bajas y las altas todas. Preña a la luna de verano y la embebe de fluidos tan vitales como inadmisibles. Pinta atardeceres y hace desperezarse al alba. Es tan día como noche, es estación, es el tiempo.
Rubella fuma siempre, normalmente con una de esas boquillas largas que alguien una vez dijo que imprimían fatalidad. Habla con voz dulce sin empalagos pero lo que dice nunca es casual. Mide cada frase y regala sus palabras como uñas largas. Se pinta los ojos y los labios, se perfuma de otoño y se viste como si hubiera llegado el último día. Se desnuda igual. Ella es perfecta así porque sabe perfectamente que no lo es.
Rubella odia intensamente y ama con todavía más rabia, es excesiva y viciosa, compulsiva para casi todo. Duerme poco y vive mucho, es fría cuando la modernidad bienpensante dice que se debe ser caliente y al revés. Es delicada pero dura, sinuosa y vengativa como un gato pero tan agradecida como el más estúpido de los perros.
Rubella es roja y tiñe de infierno el cielo porque de eso se trata exactamente. Te colma por dentro, te ocupa todo y desplaza lo tuyo. Contagia oscuridad y vence cualquier resistencia. Se hace fuerte, te anula completamente. Rubella es como es, maravillosa.
Por
AVATAR
a las
14:59
8
comentarios
Etiquetas: Rubella
25/01/08
Niebla
Tu memoria se desvanece como las luces entre la niebla. Se difumina tu imagen, palidecen tus palabras. Siempre le diste mucha importancia al hablar. Decías que se valora siempre a quien habla. Que a quien se expresa bien se le ensalza, y que se critica a quien lo hace mal. Siempre has dicho que hablar es abrir la puerta, vencer cerrojos, romper barreras. Conversar es comunicarse, transmitir ideas, sentimientos. Eso es sencillo en el fondo, todo el mundo, o casi, puede hacerlo. Los niños lo aprenden pronto, los ancianos lo olvidan tarde. No tiene ningún mérito hacer algo que toda la humanidad, generalizando, hace constantemente. Incluso son mayoría los que lo hacen razonablemente bien. De este modo, ¿qué cualidad especial es aquella que se distribuye de manera tan uniforme? ¿qué absurda estimación se le da a algo que sobra muchas más veces de las que falta? No puedo acordarme de ti por tus palabras, esas que hoy todavía sigo oyendo, con tu voz en mis recuerdos y sueños, con la de otros — impostores del pensamiento, ladrones de frases ya hechas — constantemente.
Yo te recuerdo por tus silencios. Esos silencios que ahora me enfrían el alma convertidos en colgajos de niebla, en mortajas de bruma que hielan por dentro aunque no hace frío apenas. Te amé por tus silencios. Los silencios son los meritorios, son los difíciles. Cualquiera es capaz de abrir su boca y decir cualquier cosa, lindeza o barbaridad o también alguna frase neutra, insípida e inodora. Los niños no juegan a ver quien es capaz de mantenerse más tiempo hablando sino a tratar de permanecer más tiempo en silencio, a intentar vencer la risa que produce ver el esfuerzo en el rostro del contrario, el opuesto que terminará rompiendo su mudez impuesta, aunque sea por mimesis. Yo no aprovechaba cada uno de tus silencios para hacer vanos intentos de permanecer asimismo callado, los aprovechaba para mirarte, infinitamente. Para recrearme en cada centímetro de tu piel, de tu pelo, de tu gesto. Para recrearme en cada rasgo de los que ahora me roba la niebla.
Por
AVATAR
a las
12:44
6
comentarios
Etiquetas: Ellas
21/01/08
Oxígeno

Dulces eran las horas en las que me aún me dirigías la palabra. Dulces eran los días, tibias las noches, cuando todavía nos podíamos mirar a los ojos sin que nos hiciera daño. Y ahora ahí estás y aquí estoy. Tú sentado mirándome, yo con el agua por los tobillos y la boca muda, tratando de decirte con la mirada que esto no tiene sentido. Me miras y sonríes y el agua sigue subiendo, lentamente, moja mi piel, se enrosca en mis piernas pero sé que no serás capaz.
Me vienen a la cabeza mil y un momentos, cientos de segundos perfectos, claves. Los buenos, los malos y los que nos han traído aquí. El agua sigue trepando poco a poco, inexorablemente. Siento su frío en los muslos ya. Trato de liberarme, pero es inútil. ¿Por qué no dejas de sonreír? ¿Por qué no dices nada? Según tú, todo está hablado ya. Pero no debería ser así o el agua no continuaría su camino. No es así, no puede serlo.
Recuerdo a la perfección la caricia de tu pelo, la hondura de tus ojos, la canción, en ocasiones triste en otras alegre, de tu risa cuando era sincera. El rumor líquido me dificulta la memoria pero no la anestesia del todo, tengo casi medio cuerpo sumergido. Desconozco tus razones, pero los pies se me duermen de frío, te imploro que me sueltes, sin palabras, siempre presumiste de saber lo que pensaba unos minutos antes de que lo expresara con sonidos.
Mi cuello se tensa al intentar capturar más aire, respiro rápidamente, tal vez demasiado rápido. Tu sonrisa ha mutado en carcajada enloquecida o así me parece. Ahora si que has adivinado lo que pensaba y me dices que estás completamente cuerdo. No seré yo quien te lleve hoy la contraria pero he de levantar la cabeza para poder seguir respirando. Me falta el oxígeno y me gustaría ser capaz de obtenerlo de algún modo, aunque sepa que es imposible.
El agua se acerca a mi boca, besa mis labios como tú lo hiciste en su momento, el cansancio me está venciendo. Poco a poco, despacio, demasiado despacio, voy rindiendo voluntades y ánimos. Ya no me miras. Tus ojos hace rato que no buscan los míos, se pierden en el suelo. Compartimos lágrimas: las mías se disuelven a mi alrededor y desaparecen, las tuyas se acumulan a tus pies. Será lo último que compartamos pues siento que me queda poco, el final se acerca con cada gota. Sumerjo momentáneamente la cabeza y vuelvo a sacarla, por poco tiempo ya. No me quedan fuerzas para respirar ni a ti para mirarme. Nuestro tiempo se acaba. Respiraré agua y terminará todo. Quiero que me mires por última vez, quiero que recuerdes esto siempre. Quiero que nunca olvides, ni el final ni cómo fue al principio. Pero es demasiado tarde para querer, demasiado tarde para todo.
Por
AVATAR
a las
15:25
3
comentarios
Etiquetas: Sueños
15/12/07
Opus 100
Mirando hacia atrás y dado el seguro interés de al menos la gran mayoría de los lectores (tres mil o cuatro mil diarios, por redondear, tres o cuatro confirmados) creo que es el momento de recapitular y de escribir una autobiografía. Mi autobiografía. Comencé a darle vueltas hace un tiempo pero no tenía demasiado claro como darle forma. Quería que de algún modo fuera el final y el principio, el alfa y la omega de algo, aunque no tenía muy claro de qué. Un círculo que se cierra, una serie que termina, una vieja y una nueva vida, otra perspectiva.
Una autobiografía es siempre arrogante, petulante, supone que el lector tiene interés en conocer la vida del que la escribe (eso en el caso de que realmente sea auto, la mayor parte de las veces es un trabajo por encargo disfrazado de originales memorias). Es un canto a la vanidad más pueril, así que lo primero era pensar un buen título, “Autobiografía” sin más no sonaba lo bastante altanero. Pensé en relacionarla con el nombre de este rincón en el que se cumplen ahora dos años que el que esto escribe vomita sus letras (con mayor o menor fortuna), pero no era lo suficientemente soberbio. “Diario de un cosmopolita cáustico”, “Memorias cáusticas de un cosmopolita”, “Confesiones cosmopolitas de un cáustico”, “Vida de alguien cáusticamente cosmopolita”... no me convencían en absoluto. Tal vez “Reminiscencias, remembranzas y evocaciones del Cosmopolita, narradas en tono cáustico, incisivo, punzante y mordaz” resumía mejor el sentido final de cualquier autobiografía... pero aunque era lo bastante pretencioso, también era un título eterno. Finalmente, casi sin darme cuenta, encontré el título perfecto: “Opus 100”. Por un lado el latinajo resultaba bastante fatuo; por otro el 100 era un número redondo que se correspondía con precisión al número de entradas de ínfulas literarias de la página; por un tercero (aunque quizá solo a los aficionados, otro punto más a su favor, un toque de misterio para iniciados) remitía a la vez a las colosales obras de la antigüedad (Bach, Händel, etc.) y al moderno y futurista, pero sobre todo también grande, Asimov y sus Opus 100 y 200; por un cuarto era corto, conciso, exacto, escrupulosamente sonoro. Así se quedó.
Empecé a escribir e iba ya por los doscientos cincuenta folios cuando me di cuenta: las autobiografías no piden permiso a los secundarios (de lujo siempre, son los que enmarcan si es que no son los verdaderos protagonistas, causa y efecto de lo escrito, de lo narrado por aquel que se sabe lo bastante importante como para describirse desde la más absurda complacencia, claro está) para citarles, nombrarles, ningunearles la mayoría de las veces. Yo no podía hacer eso, demasiada gente no me habría perdonado jamás tal dislate. No podía nombrar a alguien (contar pormenores, cotillear en suma) sin pedirle autorización y no estaba dispuesto a recorrer países y décadas para rogar consentimientos, de modo que empecé a recortar.
Comencé por quitar nombres de personas y lugares, al principio los sustituí por iniciales pero después los taché del todo: unos ciento cincuenta folios quedaban. No era suficiente. Cualquiera que me conociera o los conociese sabría igualmente de quienes estaba hablando. Anulé referencias entonces, suprimí sucesos, enmascaré otros, novelé el resto: cien folios aproximadamente. Leí y releí, castrador en mano. Lo narrado era familiar, conocido, doméstico. Demasiado. Era un problema y grave además. Me dispuse a eliminar todo lo que pudiera acercar al eventual lector a la realidad más real, en tanto en cuanto implicara a otros. Lo hice y volví de nuevo a leer los folios que me quedaban (unos ochenta). Era precioso. Ochenta hojas llenas de “Yo” y sus más comunes formas de engreimiento: los muy ególatras “mi”, “mío”, “mí mismo”, algún muy poco frecuente “nosotros”, etc. En resumen, una gigantesca paja literaria, suficientemente onanista como para satisfacer los egos más crecidos. El ataque de vergüenza propia y ajena que me sobrevino me impulsó a convertir el texto en una obra narrada en tercera persona. Pronto me di cuenta de que no se puede hacer una autobiografía en tercera persona, no tiene sentido, no resulta. No es creíble. .Volví a la narración en primera persona, regresé al “Yo” eludiendo cualquier otra persona. Traté, eso sí, de obviar el autohalago innecesario (muy pocas veces lo es, pero éstas sí lo eliminé) y de esa forma dejar que fuera el propio lector el que permitiera que esa adulación (tan justificada) llegara a su mente e incluso al posterior comentario. Creo sinceramente que lo conseguí.
La última (tal vez la más importante) dificultad que me encontré fue que los folios que aún me quedaban, no más de sesenta, estaban repletos de sucesos sin el más mínimo interés salvo para mí. Seguramente eran el resultado de una vida corriente y moliente, sin altibajos ni grandes epopeyas, sin tragedias ni épicos sucesos, es decir, como prácticamente cualquier vida y desde luego como casi todas las autobiografías (salvo las que no dejan de ser novelas más o menos acertadas disfrazadas de diario, pero eso me interesaba aún menos). De manera que cercené todo aquello que me pareció fútil, soso o simplemente poco estimulante o nada divertido. Cayeron montones de frases, párrafos enteros, páginas y más páginas repletas de naderías. Podé y podé, talé decenas de hojas, arrugué unas, rompí otras. Poco a poco fui quedándome con lo fundamental, lo básico, lo primordial. La esencia misma de mi vida, el principio y el final de todo, como decía al inicio. El desenlace no podía dejarlo, no podía escribirlo sin inventármelo, era y es desconocido para mí. Y el principio, bueno, mi fecha de nacimiento aparece en mi D.N.I.
Ahora sí estaba satisfecho: una hoja en blanco me contemplaba desde la mesa. Esa es mi vida realmente, sin rechazar nada de lo pasado pero con el blanco delante, así es como debe ser: todo o casi todo por escribir, por relatar, por sentir y por vivir.
Por
AVATAR
a las
14:45
12
comentarios
Etiquetas: Paradigma
2/12/07
Póker
Rojo y negro, par e impar, dados cargados y expertos tramposos. Rubella escribe epitafios en hojas secas que después hace pedacitos entre los dedos. Un chino con cara de pocos amigos (más bien ninguno) prepara bebidas en un rincón y yo apuro mi enésima copa. El dinero huele fuerte al pasar de mano en mano, hoy es mi noche. Alrededor de la mesa, algunos viejos tahúres lloran trampas pasadas y futuras, les pican los ojos con el humo pero mantienen el tipo como pueden: fueron profesionales. El papel de las paredes recuerda la sangre vertida y sirve de inspiración a Rubella. Me guiña un ojo y subo el envite. El ciego de mi derecha ve la apuesta y se reparten más cartas. Sé que están marcadas, nadie juega limpio, ya no, pero Rubella ha hecho el gesto y la mano es mía. Un carnicero de hoja oxidada se lleva al ciego. Los perros le siguen, famélicos, hoy cenan caliente. Cada vez quedamos menos. Le chisto al chino, corre con un vaso y lo deja a mi izquierda. Bebo un sorbo y espero a que repartan más cartas. Somos cuatro de una docena. Los gritos de agonía del ciego son la perfecta banda sonora. Rubella ríe, demasiado alto, destroza otra hoja seca con sus uñas pintadas de rojo oscuro. Sabe que es el premio final pero no la molesta, en absoluto.
Trío de jotas. Picas a mi derecha, posible escalera enfrente. El gringo de la izquierda se tira. Se levanta y deja su estúpido sombrero pasado de moda en la mesa de atrás. Apuesto fuerte, me descarto y espero que la suerte se ría como Rubella. El de enfrente no va y Picas se lo juega todo. Huele a farol. Carcajada. Veo. Pierde. Otro para la habitación de al lado. Demasiado fácil. El gringo vuelve y pedimos más copas. Saco un cigarro y Rubella lo enciende con su ojo izquierdo. Acordamos que sea la última mano. El niño da cartas. Nos descartamos, se descartan, yo estoy servido. Todas las fichas en el centro de la mesa. Levanta primero el gringo, luego yo y finalmente el otro. El gringo pierde los nervios y tira la mesa de una patada. Le hago un gesto al chino para que recoja las fichas y salgo del tugurio con Rubella agarrada por la cintura. Hace frío afuera y una finísima y gélida lluvia nos va empapando poco a poco. No necesitamos siquiera mirarnos. Nos espera el amanecer que no había querido asomarse antes. La luz baila con las gotitas de agua. Exprimiremos el tiempo, hasta el mes que viene no hay más partidas.
Por
AVATAR
a las
08:34
5
comentarios
Etiquetas: Rubella
28/11/07
Interludio y VII

Los finales tienen la extraña costumbre de coincidir con otros principios. Así, el último interludio tenía que cerrar el círculo iniciado con el primero, igual que las estaciones están en pleno proceso de cierre y apertura ahora mismo.
Y es hoy, nunca en otro momento, cuando releo y veo y siento y oigo y pienso. Y es hoy, ese hoy que es pasado y presente y futuro, todo junto, cuando sin arrepentirme me cuesta entender que motivó el primer interludio.
Tal vez el frío (inesperado por muchos, jamás entenderé la razón) entumezca neuronas sanas. Tal vez fueron tiempos tan pasados que ya se olvidaron. Tal vez sea yo el que no quiera recordar determinadas sensaciones.
Y el invierno ya muerde de madrugada y ya se empiezan a ver los alientos de los parroquianos por las calles y la pátina de hielo en los coches. Y se acerca la Navidad y con ella, por desgracia, entre un ochenta y dos y un ochenta y siete por cierto de las ocasiones de ser imbécil y de parecerlo. Y se terminará el año, otro año, y pocas cosas habrán cambiado (quizá ninguna, quizá a peor) y empezará otro, con sus nuevas ilusiones y sus propósitos de enmienda que terminarán en frustraciones y en excusas hipócritas. En fin, nada nuevo. Ni nada demasiado viejo.
E igual que termina el año, terminan los interludios. El siete es un buen número para cerrar un círculo y, en esta ocasión, será así. Algún número tenía que ser, no tenía sentido ni prolongar indefinidamente ni postergar un final que en la punta de mi lengua dormía desde hace tiempo. Cogeré el lacre de sellar labios y dedos y almas y lo pondré tapando la cerradura del cajón de las palabras y los entreactos. Así será.
Por
AVATAR
a las
08:34
2
comentarios
Etiquetas: Paradigma







